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En los 90 minutos de un partido de fútbol es posible sentir las emociones de toda una vida: felicidad, sufrimiento, odio, angustia, admiración y sentimiento de injusticia, porque, “para sentir plenamente estas emociones, hace falta ser partidario, ser hincha, pasar del ‘ellos’ al ‘nosotros’”.La pertenencia a un club también “articula un sistema que mueve las emociones a partir de la relación pendular entre identidades (nosotros) y alteridades (ellos/otros).
En esta inserción clubística los sujetos aprenden que las emociones pueden/deben ser demostradas, narradas y cantadas. A favor o en contra de alguien, son expresiones de amor o repudio que pueden/deben suceder. Esa transición no borra los otros cruces de identidad, los cuales están atravesados por la lógica del clubismo. Ser hincha de un club/equipo se vuelve una representación más significativa cuando los sujetos actúan en las tribunas. Con una fuerte intensidad emocional, estar en un estadio es estar identificado como una determinada hinchada. En los cánticos, esa pertenencia aparece muy ligada a los sentimientos: “Soy, yo soy el Inter/ Un sentimiento/ Que no puede parar”.11 Esta pertenencia no provoca una homogeneización respecto a cómo hinchar. Pueden ser todos colorados .
Se logra observar que el fútbol es amor.

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